lunes, 11 de marzo de 2013

ANAXÁGORAS



Anaxágoras de Clazomene, nacido en el 499-98 a. de J. C. y muerto en el
428-27, es presentado por la tradición como un hombre de ciencia absorto
en sus especulaciones y extraño a cualquier actividad práctica. Para poderse
ocupar de sus investigaciones, cedió cuanto poseía a sus parientes.
Interrogado sobre el objetivo de su vida, respondió orgullosamente que era
vivir "para contemplar el sol, la luna y el cielo". A quien le reprochaba que
no le importaba nada su patria, respondió: "Mi patria me importa
muchísimo", indicando con la mano el cielo (Diels, A 1). Fue el primero
que introdujo la filosofía en Atenas, gobernada entonces por Pericles, cuyo
amigo y maestro fue; pero acusado de impiedad por los enemigos de Pericles
y obligado a regresar a Jonia, se estableció en Lampsaco. Nos quedan
algunos fragmentos del primer libro de su obra Sobre la naturaleza.
También Anaxágoras acepta el principio de Parménides de la sustancial
inmutabilidad del ser. ''Respecto al nacer y al perecer, dice (fr. 17), los
griegos no tienen una opinión justa. Nada nace ni perece, antes bien, cada
cosa se compone de cosas ya existentes o se descompone en ellas. Y así
deberían llamar más bien reunirse al nacer y separarse al perecer". Al igual
que Empédocles, admite que los elementos son cualitativamente distintos
unos de otros; pero a diferencia de Empédocles, sostiene que tales elementos
son partículas invisibles que llama semillas. Una consideración fisiológica es
base de su doctrina. Empleamos un alimento simple y de una sola especie, el
pan y el agua, y de este alimento se forman la sangre, la carne, los pelos, los
huesos, etc. Es preciso, pues, que en el alimento haya partículas que
engendran todas las partes de nuestro cuerpo, partículas visibles sólo para la
mente. Anaxágoras ha sustituido así como fundamento de la física la
consideración biológica a la consideración cosmológica. Las partículas
elementales, en cuanto son semejantes al todo que constituyen, fueron
llamadas por Aristóteles homeomerías.
La primera característica de las semillas u homeomerías es su infinita
divisibilidad; la segunda, su infinita agregabilidad. En otros términos, según
Anaxágoras, con la división de las semillas no se puede llegar a elementos
indivisibles, como tampoco se puede llegar con la agregación de las semillas a
un todo máximo, que no haya otro mayor. He aquí el fragmento famoso en
el que Anaxágoras expresa este concepto: "No hay un grado mínimo de lo
pequeño pero siempre hay un grado menor, siendo imposible que lo que es,
deje de ser por división. Pero en cuanto a lo grande siempre hay también
uno más grande. Y lo grande es igual a lo pequeño en composición.
Considerada en sí misma, toda cosa es al mismo tiempo pequeña y grande"
(fr. 3, Diels). Como se ve, aquella infinita divisibilidad que Zenón asumía
para negar la realidad de las cosas, la asume también Anaxágoras como la
característica misma de la realidad. La importancia matemática de este
concepto es evidente. Por un lado, la noción de que siempre se pueda
alcanzar, por división, una cantidad más pequeña de toda cantidad dada, es
el concepto fundamental del cálculo infinitesimal. Por otro lado, que toda
cosa pueda ser llamada grande o pequeña según el proceso de división o de
composición en que esté implicada, es una afirmación que supone la
relatividad de los conceptos de grande y pequeño.
Según Anaxágoras, como nunca se llega a un elemento último e
indivisible, tampoco se llega nunca ni a un elemento simple, es decir, a un
elemento cualitativamente homogéneo que sea, por ejemplo, sólo agua o
sólo aire. "En todas las cosas, dice, hay semillas de todas las cosas" (fr. 11).
La naturaleza de una cosa está determinada por las semillas que en ella
predominan: parece oro aquella en que prevalecen las partículos de oro,
aunque haya en ella partículas de las demás sustancias.
Originariamente las semillas estaban mezcladas desordenadamente entre sí
y constituían una multitud infinita, bien en el sentido de la magnitud del
conjunto, bien en el sentido de la pequenez de cada una de sus partes. Esta
mezcla caótica estaba inmóvil; intervino la Inteligencia (fr. 12) para
introducir en ella el movimiento y el orden. Según Anaxágoras, la
inteligencia está completamente separada de la materia constituida por las
semillas. La inteligencia es simple, infinita y dotada de fuerza propia; y de
esta fuerza se vale para producir la separación de los elementos. Pero como
las semillas son infinitamente divisibles, la separación de partes producida
por la inteligencia no elimina la mezcla: de manera que tanto ahora como en
principio, "todas las cosas están juntas" (fr. 6). Si es así, se puede preguntar
en que consiste el orden que el entendimiento da al universo. La respuesta
de Anaxágoras es que este orden consiste en el predominio relativo que
presentan las cosas del mundo, de una determinada especie de semillas: por
ejemplo, el agua es tal porque contiene una prevalencia de semillas, aunque
también las contenga de todas las demás cosas. Por esta prevalencia, que es
el efecto de la acción ordenadora del intelecto, se determina también la
separación y la oposición de las cualidades: por ejemplo, de lo raro y de lo
denso, de lo frío y de lo caliente, de lo oscuro y de lo luminoso, de lo
húmedo y de lo seco (fr. 12, Diels).
Mientras Empédocles había explicado el conocimiento mediante el
principio de la semejanza, Anaxágoras lo explica por medio de los
contrarios. Sentirnos el frío mediante el calor, lo dulce mediante lo amargo
y cada cualidad mediante la cualidad opuesta. Como toda disensión lleva
dolor, toda sensación es dolorosa y el dolor se vuelve sensible por su larga
duración o mediante el exceso de la sensación (Diels, A 92).
La constitución misma de las cosas introduce un límite en nuestro
conocimiento; no podemos percibir la multiplicidad de las semillas que
constituyen cada cosa: por eso Anaxágoras dice que "la debilidad de
nuestros sentidos nos impide alcanzar la verdad" (fr. 21). Pero añade: "lo
que aparece es una visión de lo invisible" (fr. 21 a); y, en efecto, los sentidos
nos muestran las semillas que predominan en la cosa que tenemos delante, y
nos dan a entender su constitución interna.
La importancia de Anaxágoras radica en haber afirmado un principio
inteligente como causa del orden del mundo. Platón (Fed., 97 b) lo alaba
por esto y Aristóteles por el mismo motivo dice de él: "Quien dijo:
'También hay una mente en la naturaleza, como la hay en los seres
vivientes, causa de la belleza y del orden del universo'; pasó por hombre
discreto y sus predecesores, comparados con él, parecieron gente que habla
al acaso" (Met., I, 3, 984 b). Pero Platón confiesa su desilusión al comprobar
que Anaxágoras no se sirve de la mente para explicar el orden de las cosas y
recurre a los elementos naturales, y Aristóteles análogamente dice (Ib., I, 4,
985 a, 18) que Anaxágoras utiliza la mente como a un deus ex machina
cuantas veces le resulta difícil explicar algo por medio de causas naturales,
mientras en los demás casos recurre a todo, menos a la mente. Platón y
Aristóteles han indicado justamente así la importancia y los límites de la
concepción de Anaxágoras. A pesar de permanecer fiel al método
naturalístico de la filosofía joma, Anaxágoras innovó radicalmente la
concepción del mundo propia de aquella filosofía, admitiendo una
inteligencia divina separada del mundo y causa del orden del mismo.

BIBLIOGRAFIA
ABBAGNANO, Nicolas, Historia de la filosofía, Barcelona, HORAS S.A, 1994.


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